Un relato de Mario Crespo

Relato finalista del VI Premio Internacional de cuento Las Dalias

Memorias de ultratumba

Me encontraba en un hotel de Atlanta leyendo El libro de las ilusiones, de Paul Auster, cuando me topé con el pasaje literario que cambiaría definitivamente mi vida. En él, el personaje principal, un profesor de universidad, recibe el encargo de traducir al inglés las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand.

Sabía que la autobiografía del autor francés, publicada tras su muerte, era una clásico de la literatura romántica, pero nunca había sentido curiosidad por leerla. En aquel momento, sin embargo, una inquietud repentina e irreprimible me llevó a buscar información sobre la obra en internet. Y también sobre su precio. Aunque los más de cien dólares que costaba me hicieron desestimar su compra. 

Un rato más tarde, salí a la calle con intención de pasear. Y mientras caminaba por una zona comercial, observé que en el escaparate de una librería de viejo exponían el libro que minutos antes había despertado mi interés: Memorias de ultratumba. ¡Qué coincidencia!, me dije. Parecía que lo habían colocado ahí solo para mí, como si fuera un guiño del destino, pues no es precisamente un libro fácil de encontrar, ni de leer, ni, por descontado, un reclamo comercial.

La casualidad me inquietó en extremo. Sobre todo, porque nacía de una novela de Paul Auster, cuyos juegos literarios con lo fortuito me habían llevado tiempo atrás a establecer vínculos entre la realidad y la ficción, a experimentar la literatura desde dentro de la propia obra. De modo que, postrado frente al escaparate, comencé a plantearme si aquella coincidencia escondía un mensaje oculto, si poseía un significado o algún tipo de influencia en mi vida. En otras palabras, me pregunté si debía adquirir el libro o huir de él como de un bosque en llamas. 

Finalmente, decidí entrar y consultar el precio. Veinticinco dólares, me dijo la dependienta con una enigmática sonrisa. Se trataba de una rara avis a precio de saldo. Una ganga. Hecho que me convenció de que esa copia estaba destinada a ser mía, de que ese libro tenía algo que decirme, y de que ni debía ni podía escapar a mi sino. Así que, presa de un impulso febril, pagué el importe y me fui a buscar un restaurante donde cenar. 

Horas después, regresé al hotel un tanto achispado y dejé el libro sobre la mesilla antes de quedarme dormido. Pero a la mañana siguiente, cuando desperté, el ejemplar no se encontraba donde lo había dejado. Busqué bajo la cama, en el baño, en los cajones, en el armario, busqué entre las sábanas, en mi maleta. Busqué por todas partes y no pude dar con él. El libro había desaparecido. Intenté recordar, estimular la memoria, horadar la nebulosa que me había legado el alcohol, pero no fui capaz de figurar una secuencia lógica de los acontecimientos. Así pues, llamé a recepción y pregunté si me habían visto entrar con un libro la noche anterior. Pero el recepcionista nocturno ya se había ido. Me puse también en contacto con el restaurante donde había cenado. Y me aseguraron que allí no había ningún ejemplar.

Era consciente de que la desaparición del libro no era tan importante. Había sido un gasto menor. Sin embargo, su pérdida me provocaba angustia y desazón. Sentía que me faltaba algo, que esa obra mágica contenía parte de mí. De la noche a la mañana, literalmente, me había convertido en un hombre mutilado, tullido, minusválido. Y también vulnerable, pues valoraba la posibilidad de que alguien hubiera entrado en mi habitación mientras yo dormía y lo hubiese sustraído. 

Atenazado por los nervios, tomé una ducha, me vestí y bajé a recepción. Mi trabajo en Atlanta concluía aquella mañana y debía coger el vuelo de vuelta a Boston. Tras abonar el importe y dejar las llaves en el mostrador, observé que, sentada en un sofá del hall del hotel, una mujer leía las Memorias de ultratumba, y me acerqué a ella dispuesto a reclamar mi propiedad. Aunque justo en ese instante pensé que quizá ese volumen no era el mío, que se trataba de otra casualidad.

Sea como fuere, terminé por pedirle a la señora que me devolviese mi ejemplar. Pero, para mi sorpresa, respondió muy firme que, mientras ella lo estuviera leyendo, el libro era suyo, y que resultaba muy descortés por mi parte apropiarme de algo que pertenecía al hotel. Su respuesta, amplificada por la resaca, me irritó tanto que agarré el tomo, tiré de él hacia mí y se lo arranqué de las manos, con tal mala suerte que, en su empeño por resistirse, la mujer cayó accidentalmente al suelo, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente. En ese instante de confusión, mi primer impulso fue echar a correr, dejando atrás las voces de la recepcionista y los testigos, que gritaban que me detuviera y me llamaban asesino.

Con mi bolsa de viaje colgada del hombro y mi ejemplar bajo el brazo, hui a toda prisa por las calles del centro, donde me mezclé con la multitud. Pero mi velocidad, mi mueca de pavor y mi actitud sospechosa debieron despertar la suspicacia de un agente de la autoridad que se encontraba en la zona, pues enseguida me dio el alto. Como no me detuve, agarró la bolsa de viaje y tiró de ella hasta detenerme en seco. Entonces me giré y le propiné un golpe en la mandíbula con mi tomo de mil quinientas páginas que lo dejó noqueado. Ante los gritos de la gente, apreté el paso para abandonar la zona peatonal y tomar un taxi. Y cuando cruzaba la carretera un vehículo me atropelló y me dejó medio muerto, con todo el cuerpo roto. 

Una vez recuperado de mis heridas, ingresé en la cárcel acusado de homicidio y atentado contra la autoridad. Me condenaron a pena de muerte. Pero no pudieron separarme de las Memorias de ultratumba, puesto que ya me había convertido en un personaje de la obra.