Carrito

Índigo Editoras

Sinopsis

"Cartas de agua" es un libro escrito en un impulso. Cuatro días tomaron a su autora transcribir la letanía que su abuela, Amalia Rosa, le fue dictando. En estas cartas se condensa la memoria de una familia, en especial de sus mujeres. «Mamá: Voy a volver. Me ayudarás a parir. Sé, como tú, que en mí crece una mujer. Somos mujeres que paren mujer, doble hueco. No supe ser hija.» A través de 111 cartas se va desplegando esta historia, que es la de las muertes y los nacimientos, la de las magias, la naturaleza, la amistad, los hombres, el amor, los cuerpos y los secretos.

Una historia narrada a través de un lenguaje intuitivo y poético, como lo es también su autora, la venezolana Indira Carpio Olivo.

ediciones en el mar

Nuestra reseña

"Cartas de agua" es un libro epistolar que une a través de historias e imágenes una especie de vínculo ancestral: un linaje femenino.
Creo que las cartas de Indira, que yo calificaría más bien como prosa poética, cargan con el peso de la herencia, a veces liviana y fugaz, cuando se tratan momentos dulces como el nacimiento, y otras áspera y cruda con el dolor de la ausencia, las despedidas, la caída de la hoja que antes creyó ser árbol que antes creyó ser montaña.

Cuando empecé a leer el libro me sorprendió bastante. No estoy segura de qué era lo que esperaba, pero no me lo esperaba así. He de confesar que no soy muy fan de la prosa poética, hace unos años disfrutaba de ella pero ahora no suele gustarme porque la encuentro cansina y repetitiva en imágenes. Siento que no leo nada nuevo y que X libro bien podría haberlo escrito cualquier otra persona.

No es el caso con "Cartas de agua". Sin ser una lectura que me haya removido especialmente sí que encuentro en Indira un lenguaje propio y unas imágenes que intuyo se deben vislumbrar en el resto de sus libros. Creo que ahí reside la fuerza de la autora, en haber podido plasmar un universo tan íntimo donde leerla será sin duda reconocerla en este libro o en otro. Es algo que valoro y envidio enormemente. Muchas autoras aspiramos a conseguir precisamente esa voz que haga lo nuestro distintivo, ese lenguaje propio que nos identifique.

Creo que en el libro es fácil distinguir el tono distinto con el que se escribe dependiendo de a quién se dirige la carta. Quizá por razones personales aquellas cuyas esquinas doblé primero fueron las que removían la tierra. Sobre el nacimiento de Maya refiere del Padre "No ha querido que la toque. Se parece a ti" o "Las personas que escribimos no hablamos bien".

Destaco como punto fuerte el hecho de que el libro evoluciona. Parte de un punto y llega a otro. Nos hace transitar por la incertidumbre de la edad, las relaciones familiares, el vínculo con la naturaleza, el nacimiento y también la pérdida, así como por el propio desarrollo personal, el cambio de niña a mujer ("Emerge de mí más carne de la que quiero sostener").

La imagen que más me ha gustado y que creo es la más visceral y potente del libro es la relacionada con comer. Os voy a compartir una foto de una de mis cartas favorita para que entendáis mejor a lo que me refiero. La sangre, la presa, la caza. "Ten cuidado con lo que comas", "Para comerse al hombre la mujer cambió el sexo de las palabras".
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Pasado el horizonte de la mitad del libro, en la página 96, carta 68 noto un cambio en el tono de la autora hacia algo más oscuro, quizá un daño colateral o una maldición heredada. "Te maldije con su nombre", confiesa la madre a una hija que no sabría con qué nombre odiar a la suya. ¿Por qué heredamos los miedos? ¿Nacemos predispuestas a ciertas cargas? ¿Es posible liberarse de los antepasados? ¿Qué vínculo relaciona a la hija con la madre con la abuela con la tierra?
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Sin querer desvelar nada más ni contar hacia dónde llega el libro en su camino, sí quisiera compartir una frase con la que yo hubiera terminado el libro en la página 143, carta 103: "Maya aprendió a escribir antes que a leer. Copia letras en papel pero no sabe qué dice". Encuentro en este punto el colofón de un recorrido familiar perfecto. Si os gusta la literatura escrita desde la experiencia, creo que podréis encontrar en este libro un punto de anclaje.

Podéis encontrar el libro en la web de la editorial o en librerías (para ello os dejo la web de Todos tus libros para facilitar la búsqueda).

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Entrevista a la autora

La autora

Indira Carpio Olivo

Nació en los ascensores de la Maternidad Concepción Palacios al oeste caraqueño. En la TV anunciaban la muerte de Indira Gandhi. El intercambio fue obvio. Su segundo nacimiento ocurrió a los tres años cuando aprendió a leer. Ha hecho un tríptico de poemarios, un par de canciones y dos obras para teatro. Come lo que cocina. Gusta caminar sobre el lomo de las montañas y seguir las curvas del agua.

A menudo heredamos de nuestros progenitores pequeñas manías, expresiones, gestos e incluso la letra. ¿Qué ha heredado Indira de su madre?

De mi madre he heredado la duda, la letra y la cocina. De ella y por ella la capacidad de reponerme y, es precisamente esa cualidad la que me salva cuando miro (y miro siempre) al abismo, porque mamá -cuando me ha llevado- ha compartido su vientre con la muerte. Han habido veces en las que me he querido pelear con ello, para convertirme en un “ser de luz”, pero estoy aprendiendo a lidiar con esa verdad: soy una mujer que gusta de bucear bajo el pantano, una mujer que hace paredes a la luz, una mujer en sombra. Afortunadamente, ella me lega su amor por la vida, y ése el hilo me hace el camino de vuelta. He escrito también que heredé la duda, porque ella es hija de un hombre con una gran interrogante. Así las cosas, nuestra identidad todavía está en construcción y a partir de esa incógnita: todo. Mi letra es muy parecida a la de ella, quien además es maestra jubilada, mis manos son muy parecidas a las de ella, mi comida es muy parecida a la de ella. Cocinar se parece a escribir, ¿sabías? Porque se trata de hacer con los mismos ingredientes un lenguaje propio, adquirir una voz, es decir la sazón, hacerse de silencios también para diferenciar los sabores, o gritar cuando colisionan en el puente que se forma detrás de la lengua. Servir un plato es como servir un cuento y un buen cuento es como el aroma que deja el ajo entre las uñas, es difícil de arrancar. Mamá me deja historias, no solo las que alguna vez me contase, sino aquellas a las que le dio carne y sangre y uñas, a las que le dio cuerpo. Mamá me deja coraje, garra e intuición, me deja un espejo que es una puerta, una mata de mango para que aprenda a comer de la luz, también.

¿Son tus libros un legado familiar? ¿Qué habrá después? ¿Hacia dónde se encamina tu literatura?

Me he estado preguntando, después de estar bien de cerca a la muerte, para quién escribo. No había tenido conciencia hasta entonces de que en verdad escribo para mis hijas. Cuando me di cuenta de ello, me vino otra pregunta a la mente, “qué demonios estaba haciendo”, porque quisiera ser menos mediocre, poder decirles cuando no esté, que estaré siempre con ellas, porque escribir es una forma (no lograda) de inmortalidad, porque escribir es una forma (no lograda) de querer acompañar a las personas que una ama, una y otra vez, en la repetición de los moldes, de la biología. En ese sentido, mis libros son una forma de legado, legado que me hubiese gustado pensar mejor antes de disparar. Mis libros son una bala en curso. Ojalá algún día estallen en el pecho de alguien y si ese alguien es una de mis hijas, que mi muerte sea leve. Por otra parte, he estado escribiendo cosas sueltas, lo que parecen cuentos cortos, y otra que, si no es una novela, tiene forma de cuento largo. Los géneros se me difuminan, se me emborronan, y eso está bien.

¿Dónde surge tu relación con el mar? ¿Qué importancia tiene en el imaginario de tu obra?

Papá nos llevaba al mar cuando éramos muy pequeños. Mamá no gustaba de ir, así que viajar al mar se convertía en una especie de ritual con papá. La visita era – casi siempre- de manera improvisada por lo que nos bañábamos en ropa interior, y -casi siempre- después de pelearse con mamá. Era como si yendo al agua se perdonara a sí mismo y se transformase -bajo sus influjos- en otro ser. El mar es herencia de mi papá, quien además fue marinero y adoptó algunas costumbre de la marina, como por ejemplo tirarnos -a mis dos hermanos y a mí- en lo profundo hasta que aprendiéramos a nadar. Yo no aprendí nunca y hubo un tiempo que me aterraba el agua. Estar en la orilla mientras ellos tres flotaban, como un papel sobre las ondas marinas, me dio permiso de mirar la anchura salada y plateada, brillante debajo del sol. No había pasado mucho tiempo desde que ocurriese la tragedia de Vargas, en la que el mar retrocedió después de unirse con la montaña que le hace muralla a Caracas, cuando papá nos llevó hasta el caribe donde se transformaba en un gran tiburón. Las casas deslucían grandes faralaos de agua y barro en las paredes y adentro no había muebles sino piedras en medio, grandes piedras redondas, huevos esperando la empolladura de algún malvado dios que detestaba a los habitantes de la franja costera venezolana. Mientras él iba con sus clientes, nosotros nos bañábamos. Pasó que un día nos llegó la ropa de lo que alguna vez fue un ser humano, y pensamos entonces que era una especie de sacrilegio habernos bañado en el mar que recientemente se había tragado a tanta humanidad. Es el mar entonces una boca en silencio que, cuando se abre, habla – lo mismo que mastica- las orillas del mundo. Podría decir también que arropa a las diosas, que fecunda la tierra, que arrulla a las bestias, que mata a los tristes y mal queridos inmigrantes, a los invisibles, que apaga las estrellas que se estrellan contra el cuerpo terrestre, podría decir tanto y tan poco a la vez, porque no estaría sino repitiendo las plegarias que nos hemos inventados los pequeños seres que adoramos al misterio. No he dicho nada nuevo todavía, he repetido las palabras y, es por eso que, un día mis huesos serán también parte de la arena que ha hecho posible los continentes, hasta que descubra la palabra que me devuelva al agua a ser con ella bramido y velo: VIDA.

Ha pasado casi un año de la publicación de este libro, ¿Cómo te sientes ahora respecto a él? 

Le tengo un cariño especial a Cartas de agua, porque es el libro más narrativo de la trilogía en la que se inserta, y yo me siento muy cómoda contando cuentos. Se lo he estado leyendo por las noches a mis hijas y esa experiencia me hace ver que una no termina de escribir los libros nunca, y que a veces es mejor entregarlos y no volver a leerlos jamás, pero como lucho por no convertirme en un cliché: vuelvo a mis libros y trato de mirarme con cariño para poder seguir escribiéndolos hasta estar conforme con lo que haga, aunque capaz la conformidad sea el silencio.

¿Qué libro nos recomendarías?

Supongo que está mal, pero como no me importa, recomiendo leer Diario venusiano.

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