Un relato de Antonio Marcelo
Apéndice a la Biblioteca de Babel
El recién llegado era un hombre bajo, calvo, con gruesas gafas y bigotillo, extrañamente agitado, que bajó los escalones de dos en dos y se sobresaltó al descubrir mi presencia al otro extremo de la galería hexagonal, apoyado en la barandilla, dando la espalda al pozo de ventilación, del que subía un viento cálido, pausado e inacabable.
Me saludó con un gesto de su mano blanda, se encaró a una de las estanterías, alargó la mano hacia el tercer anaquel y cogió al azar uno de los treinta y dos libros. Repasó distraído sus páginas uniformes, leyó quizás una o dos de las líneas infinitas, esbozó una sonrisa al encontrar una palabra conocida en aquel caos.
El hombre jugó a leer durante un rato; aún llegó a pronunciar dos o tres sílabas, carentes para mí de cualquier significado; aunque sabía, como vosotros también sabéis, que unas millas más a la derecha el lenguaje de los bibliotecarios es dialectal, y que con pocas semanas de viaje entre escaleras y anaqueles se hace incomprensible.
Aquel viajero era bibliotecario como yo, como todos los hombres. Estaba realmente nervioso, muy inquieto. Al fin, me habló con voz entrecortada, en una lengua diferente a la mía. Gesticulamos cansinamente, tratando de transmitir una mínima parte de nuestra mínima experiencia de custodios silenciosos. Nuestras vidas, nuestros temores más profundos, todas aquellas frustraciones, ya estaban recogidos en las páginas de alguno de los volúmenes que poblaban las galerías ilimitadas, así como su refutación, y la refutación de esa refutación.
Hablamos, en fin, de libros y galerías, él mencionó una escalera sin peldaños que casi le había matado… Y fue entonces cuando vi que aquel desconocido llevaba la Señal, la leyenda buscada con tantas ansias por generaciones y generaciones de bibliotecarios desde hacía tantos siglos.
La Señal era un signo único e incuestionable, más poderoso que toda la biblioteca, que traía consigo el regalo de un rumbo fijo en medio de todo aquel caos, la posibilidad de escapar del ocio, del olvido, de la nada…
Sin poderlo remediar, hice un gesto brusco hacia adelante. Al verse descubierto, el hombrecillo saltó sobre mí rugiendo como una fiera, las gafas por los aires, los dedos engarfiados. Caímos al pie de las estanterías, destrozando con nuestras patadas los tomos de los anaqueles más bajos, hasta que conseguí atontarle golpeándole la cabeza con un libro —por unos segundos, antes de que las páginas se llenasen con su sangre, pude leer el inicio de esta historia, y por fin le maté contra la barandilla del pozo de ventilación, lancé su cuerpo al viento infinito y me senté en el silencio de mi galería.
Me puse en pie. La Señal, innegable, llenaba mi cuerpo de vigor. Aquel signo de vitalidad que estaba sintiendo era la evidencia de la Verdad más antigua, la más proscrita, aquella en la que tantos bibliotecarios habían deseado creer.
Ahora mi vida tenía sentido, y por primera vez la biblioteca —que algunos llaman el Universo— había pasado a un segundo plano. Sentía aquella fuerza que me instaba a dejar aquellas galerías donde había pasado toda mi vida, para ponerme a recorrer aquel finito ilimitado hasta donde me diera tiempo, para alcanzar la única y absoluta Verdad.
Entonces tenía dieciocho años, y ahora tengo cincuenta y nueve. He pasado una vida entera caminando, subiendo y bajando escaleras, soñando de pie entre los corredores bajos, hojeando los libros esquivos, durmiendo de pie y defecando sentado en innumerables gabinetes idénticos, matando entre anaqueles para defender mi vida.
Estoy cayendo. El aire se enrarece a tanta velocidad. Veo pasar las galerías tenuemente iluminadas, las sombras de los bibliotecarios silenciosos, los lomos de los volúmenes… ellos contienen —sin duda— la verdad, pero no son la Verdad.
Voy a morir. Un joven de mente ágil y brazos poderosos ha tomado el testigo. Ahora es él quien tiene la Señal, la pequeña fotografía pícara, en blanco y negro, tan manoseada por el transcurso de las décadas, sin equivalencia ni cabida posible en tantos millones de páginas llenas de letras. La biblioteca es suya; el Universo entero cabe en la palma de su mano.
En uno de los anaqueles que recubren los muros de las galerías hexagonales hay un libro, un solo libro, en una de cuyas líneas se recoge la Verdad: en esta biblioteca me escondo yo, mujer.
